

Hay unos rasgos educativos que identifican al Colegio Ntra. Sra. del Prado y que se transmita, mas que en los libros, de modo vivo, experimental, por contagio: el respeto a la persona del alumno, la adaptación en los métodos y el espíritu de familia.
El respeto a la persona del educando en su singularidad se basa en motivos religiosos y antropológicos: Dios quiere y respeta a cada ser humano como único e irrepetible. Este respeto exige aceptarle como es, conocerle, ayudarle a crecer y madurar, confiando en sus posibilidades, exigiéndole de acuerdo con ellas, pero sin violarle y comprendiendo que el alumno es el principal protagonista de su propia educación.
La adaptación en los métodos supone en el educador un fuerte sentido crítico, para percibir las etapas evolutivas del desarrollo integral del alumno y la evolución de la cultura en la sociedad. Ya el fundador de los Marianistas decía: "A tiempos nuevos, métodos nuevos, hombres nuevos", Este criterio de adaptación se aplica a toda la realidad educativa: métodos didácticos, relaciones profesor - alumno, ejercicio de la autoridad, instalaciones colegiales...
El espíritu de familia exigen crear en el Colegio un ambiente de confianza, comprensión y amor desinteresado. Algunas expresiones prácticas de ese espíritu son el trato cordial en las relaciones interpersonales de padres, profesores y alumnos, y una disciplina interiorizada que no es efecto del temor de la imposición externa, sino fruto de un clima de buena voluntad y colaboración.
La pedagogía del Colegio Ntra. Sra. del Prado y su propia filosofía educativa maman de la idea original de un hombre carismático, Guillermo José Chaminade, fundador de la Compañía de María, a la que pertenece el Colegio.
De acuerdo con estos principios, la enseñanza es considerada como un medio para cumplir la misión de formar auténticas personalidades cristianas, capaces de transformar la sociedad. Para ello se considera fundamental la calidad de las actitudes del educador, cuyo testimonio de amor y servicio, más valioso que su acción y sus palabras, ha de contribuir a una formación interior del alumno tendente a los valores de justicia, solidaridad, paz y tolerancia, a una educación gradual, progresiva y sin coacciones, a un diálogo sostenido por los valores evangélicos, y a una vivencia personal, comunitaria y comprometida, por parte de niños y jóvenes, de la fe cristiana.
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